Hoy, la ciudad sigue a lo suyo, enredada en buscar soluciones populistas que no existen. O al menos ya no existen para todos esos que han caído por el camino, como un ejército de muertos al que ahora le toca vagar en las tinieblas.
Los paseos por la ciudad desnuda ya no son iguales. Y la diferencia de la estampa no la marcan los polvorientos adoquines hacinados en las esquinas de las aceras, entre vallas de plástico coloreadas de rojo y blanco, como la bandera de la urbe. La desemejanza tampoco se oculta en el calor veraniego de estos días o en la cortina de sol insoportable que nos alegre el último tercio del verano. Ni en el tráfico ausente por vacaciones, que elimina puntos de colores con motor que, en otra época, hormiguean lentamente en los atascos.
No. Lo distinto tiene nombre y apellidos y una historia en la ciudad. Aquellas maravillosas tiendas que crecieron con nosotros, con carteles dibujados, al principio, con pinturas de color, y que después, ya mayores, se dejaron convencer por la informática. Ahora, poco a poco, en un goteo insaciable, van cerrando. Y nos dejan un vacío en la memoria que se mezcla con bajos desolados, húmedos, negros de olvido. Nuevos letreros: se alquila. Se vende.
Cada año cierran centenares de comercios vigueses. Hay de todo: ferreterías, entrañables tiendas de comida familiares, otras de muebles o decoración, anticuarios, restaurantes… Durante días, semanas o meses, qué más da, sus pacientes propietarios esperaron, silenciosos, en el umbral de la puerta, confiando en no hacer añicos las ilusiones tejidas con su esfuerzo. Deseando, tal vez soñando, con la entrada de algún peatón inoportuno.
Y lo peor es que mientras se hundían, mientras saltaban por los aires sus proyectos de vida y de trabajo, mientras caían a la lista de espera de la nada y eran degollados por la carnicería que engulle este país, esta ciudad, nadie hizo nada por ellos, demasiado ocupados algunos en contiendas y elecciones que ganar. Y hubieron de contemplar, entonces, como eran trituradas las esperanzas, las ilusiones, las certidumbres, los anhelos, las perspectivas o las promesas de un futuro inexistente.
Hoy, la ciudad sigue a lo suyo, enredada en buscar soluciones populistas que no existen. O al menos ya no existen para todos esos que han caído por el camino, como un ejército de muertos al que ahora le toca vagar en las tinieblas.

