Los enfrentamientos del alcalde con el Celta de Vigo se recrudecen y los aficionados del club lamentan la falta de sensibilidad del alcalde con el sentimiento celtista
El Concello no permitió construir la Ciudad Deportiva en la urbe pero lleva a cabo una reforma millonaria en Balaídos que no cumple con los requerimientos ni del club ni de los aficionados
Se desconocen los motivos que llevaron a Abel Caballero a iniciar una guerra contra el Celta de Vigo y contra su presidente, Carlos Mouriño, pero sí están claras sus consecuencias: los vigueses son los encargados de pagar una obra millonaria del estadio de Balaídos, que se alarga cada vez más y que no se adapta a las necesidades reales del propio club ni de los aficionados.
El Celta es mucho más que un equipo de fútbol para la ciudad, un motivo de orgullo y una seña de identidad de la urbe. Llevar la camiseta va más allá de ser aficionado a este deporte porque el celtismo es un sentimiento, es viguismo y una forma de cohesión ciudadana. La bufanda del Celta está presente en las casas de la capital olívica y, sobre todo, en las residencias de los vigueses en la diáspora.
Por todo esto, pocos entienden que el alcalde insista en su política de confrontación constante, pues Balaídos no es el único motivo de desencuentro entre él y el Celta. Hay que recordar que el regidor ya puso en riesgo la permanencia del club en Vigo al negarse a dar una alternativa en el municipio a la Ciudad Deportiva, que finalmente tuvo que trasladarse al Concello de Mos. Es decir, el Celta de Vigo no entrena en Vigo porque así lo ha decidido el alcalde de Vigo. De locos.
Las relaciones se tensaron hasta el punto de que la directiva se negó a sentarse con Caballero en el palco durante los partidos del equipo. Pero el Concello no parece interesado en solucionar esta situación, ya que continúa sin informar al club sobre el avance de la reforma de Balaídos e incluso se niega a confirmar el número de butacas del que se dispondrá. ¿Se imaginan que Florentino Pérez no supiera cuántos asientos tendrá el nuevo Bernabéu? La situación no es mercantilmente comparable, pero sí lo es el apoyo que los clubes reciben en otras ciudades respecto al que percibe el Celta. Mientras Coruña trata al Dépor con honores de equipo de Primera pese a estar en la tercera categoría del fútbol español, el Celta rozó la gesta de entrar en Europa League pese a que a ojos del Concello nada diferencia al Coruxo de un club que luchó de tú a tú con los grandes.
Además, las exageraciones del alcalde sobre el resultado de los trabajos en el estadio contrastan con las que expresan muchos aficionados del Celta. Las obras comenzaron en enero del año 2015 y estaba previsto que terminasen en el 2017 pero ya ha trascurrido más de un lustro y ahora el Ayuntamiento da por hecho que no estarán finalizadas hasta el 2024. De hecho, Vigo no tendrá un estadio totalmente reformado para la celebración del centenario, en 2023, a lo que se suman los innumerables problemas e incomodidades que la tardanza provoca a los seguidores del equipo.
Precisamente los asiduos al campo califican la unión de la grada de Marcador con Tribuna y con Río como una chapuza, mientras los aficionados de Río Bajo tendrán de frente el nuevo graderío y se verán obligados a girarse para poder enfocar el terreno de juego durante los partidos. Igualmente, para la comunicación entre gradas se ha ideado una solución que se considera insuficiente y el estadio contará con gradas completamente diferentes y asimétricas, con distinta estructura y altura.
Por otra parte, el Concello no solo oculta los planes de reforma al Celta sino que este oscurantismo también se extiende al resto de la ciudadanía, sin dar explicaciones sobre un despilfarro de fondos públicos, al que se suman multitud de errores, sobrecostes, contrarreformas y retrasos.
Si bien el presupuesto previsto del proyecto era de 36 millones de euros, todo parece indicar que el precio se disparará hasta superar los 50 millones, una cifra que no frena las intenciones del Gobierno municipal de continuar con las obras a toda costa, incluso cuando el club está en contra y aunque se divida a la afición.
Es sorprendente que el mayor enemigo (institucional) del Celta esté en Vigo y no fuera de los límites de la ciudad. Y en un momento en el que la rivalidad con el Dépor se ha reducido por la diferencia cualitativa entre ambos clubes, parece que Abel Caballero quiere erigirse en nuevo alter ego del celtismo. Es como si el alcalde de Vigo quisiera ocupar el papel del Deportivo de La Coruña.


