Los especialistas del hospital vigués alertan de los síntomas de la degeneración macular asociada a la edad, una de las principales causas de pérdida irreversible de visión en mayores de 65 años
Leer un libro, reconocer una cara o distinguir los detalles de una imagen pueden convertirse en tareas cada vez más complicadas. En ocasiones, los primeros síntomas aparecen de manera progresiva y pasan desapercibidos. Detrás de estas dificultades puede encontrarse la degeneración macular asociada a la edad (DMAE), una enfermedad ocular que constituye la principal causa de ceguera irreversible entre las personas mayores de 65 años en los países desarrollados.
Los especialistas del hospital Ribera Povisa, en Vigo, insisten en la importancia de detectar cuanto antes esta patología, que afecta a la mácula, la zona central de la retina responsable de la visión fina y de detalle.
Aunque actualmente no existe una cura definitiva, el diagnóstico precoz y el tratamiento adecuado pueden ayudar a ralentizar su progresión y preservar la visión.
La doctora Carmen Antía Rodríguez, oftalmóloga especialista en retina de Povisa, explica que el deterioro se produce como consecuencia de un proceso progresivo de envejecimiento de las células retinianas, asociado a la acumulación de desechos celulares, el daño oxidativo y la inflamación.
Los síntomas a los que hay que prestar atención
Uno de los principales signos de alarma es la distorsión de las líneas rectas, que pueden comenzar a percibirse torcidas u onduladas.
También pueden aparecer dificultades para leer, reconocer rostros o realizar actividades cotidianas que requieren una visión precisa. Algunas personas necesitan más iluminación de la habitual para efectuar tareas que antes no les suponían ninguna dificultad.
La enfermedad afecta fundamentalmente a la visión central, mientras que la periférica suele conservarse. Por ello, aunque generalmente no provoca una pérdida total de la visión, puede limitar considerablemente la autonomía personal.
«En etapas avanzadas, puede generar niveles de ansiedad elevados, depresión y reducción de la calidad de vida de los pacientes», advierte la doctora Carmen Antía Rodríguez.
La edad, el principal factor de riesgo
La DMAE está directamente relacionada con el envejecimiento y aparece fundamentalmente a partir de los 60 años, especialmente entre las personas mayores de 70.
La doctora Sara García Caride señala que el perfil habitual corresponde a pacientes de edad avanzada, en ocasiones con antecedentes familiares o factores de riesgo cardiovascular.
Además de la edad, existen otros elementos que pueden favorecer su aparición, como el tabaquismo, la hipertensión arterial, el colesterol elevado, la obesidad y una alimentación pobre en antioxidantes.
Las estimaciones epidemiológicas recogidas por Povisa sitúan la prevalencia de la enfermedad entre el 0,2% y el 5,4% en personas de 60 a 85 años, cifras que aumentan hasta el 12%-30,8% a partir de los 85 años.
Tratamientos que permiten conservar la visión
El diagnóstico se realiza mediante exploraciones oftalmológicas, entre ellas la retinografía y la tomografía de coherencia óptica, que permiten examinar las estructuras de la retina.
En la forma húmeda o neovascular de la enfermedad, las inyecciones intravítreas de medicamentos anti-VEGF han mejorado notablemente el pronóstico, al permitir estabilizar la visión e incluso mejorarla en una parte de los pacientes.
En la variante seca o atrófica, por el contrario, no existe un tratamiento curativo que permita recuperar la visión perdida. Se recomiendan revisiones periódicas, hábitos saludables y, en determinados casos, suplementos antioxidantes.
La investigación continúa avanzando con nuevas estrategias terapéuticas, como los inhibidores del complemento y las terapias génicas.
Desde Povisa recuerdan que acudir al oftalmólogo ante los primeros cambios visuales puede resultar determinante para preservar la calidad de vida de los pacientes.

