Abel Caballero mira a Madrid mientras Vigo sigue esperando

Imagen de archivo de Abel Caballero en rueda de prensa.

El alcalde carga contra la oposición y habla de “líneas rojas” en la política nacional mientras la ciudad acumula proyectos eternamente pendientes tras casi dos décadas de mandato

Hay algo profundamente llamativo en ver a Abel Caballero subirse a una tribuna en Madrid para dar lecciones sobre la tensión política española mientras Vigo continúa atrapada en una interminable lista de infraestructuras, promesas y actuaciones que nunca terminan de llegar. El alcalde vigués decidió este jueves participar del debate nacional criticando el clima político y sugiriendo que la oposición está cruzando “líneas rojas”. Sin embargo, quizá el principal problema de Caballero no sea la oposición española, sino la distancia cada vez mayor entre su relato político y la realidad cotidiana de Vigo.

Porque mientras el regidor dedica tiempo y energía a intervenir en el tablero estatal, la ciudad sigue esperando por conexiones ferroviarias, autovías, túneles, equipamientos culturales y desarrollos estratégicos que llevan décadas atascados. Y no hablamos de un alcalde recién llegado. Abel Caballero acumula ya cerca de veinte años al frente del Concello de Vigo. Pedro Sánchez lleva ocho en la Moncloa. Tiempo más que suficiente para que muchas de las grandes reivindicaciones históricas de la ciudad hubiesen dejado de ser maquetas, estudios informativos o anuncios reiterados.

Resulta difícil escuchar al alcalde hablar de “líneas rojas” en democracia sin pensar antes en las líneas ferroviarias que Vigo sigue esperando. La salida sur hacia Portugal continúa encallada tras años de anuncios, informes y trámites. La conexión de alta velocidad por Cerdedo lleva dos décadas saltando de un cajón administrativo a otro.

Y no es solo el tren. La ciudad continúa soportando la situación de la A-55 mientras el famoso túnel a O Porriño sigue sin materializarse. La Biblioteca del Estado continúa siendo prácticamente una idea abstracta. La Panificadora permanece degradándose entre anuncios. La ETEA sigue lejos de convertirse en el gran polo científico prometido. Balaídos continúa en obras permanentes. El túnel de Porta do Sol sigue esperando fases futuras. Y la Plisan continúa instalada en un desarrollo eternamente incompleto.

Lo paradójico es que muchas de estas cuestiones dependen directamente del Gobierno central que Caballero protege políticamente con tanto entusiasmo. Mientras el alcalde se esfuerza en denunciar a la oposición nacional, evita elevar el tono frente a Pedro Sánchez incluso cuando Vigo continúa perdiendo velocidad respecto a otras grandes ciudades del noroeste peninsular en cuestiones estratégicas.

Porque la pregunta que muchos vigueses empiezan a hacerse es sencilla: ¿qué prioridad tiene realmente Vigo para el alcalde? ¿La gestión de la ciudad o el posicionamiento político nacional? Las declaraciones realizadas en Madrid transmiten la sensación de que Caballero se siente mucho más cómodo ejerciendo como defensor mediático del sanchismo que como alcalde reivindicativo ante el Gobierno del que forma parte su propio partido.

Y eso tiene consecuencias. Vigo necesita menos confrontación teatral y más resultados. Menos discursos sobre polarización y más presión efectiva para desbloquear infraestructuras fundamentales. Menos intervenciones en foros políticos nacionales y más capacidad para exigir compromisos reales con la ciudad.

Porque después de casi veinte años de mandato ya no sirven las excusas. La oposición cambia, los gobiernos cambian, los discursos cambian, pero Vigo sigue esperando demasiadas cosas esenciales.

Y mientras Caballero habla de “líneas rojas”, guarda silencio ante algunos de los episodios más graves que rodean al Gobierno de Pedro Sánchez en los últimos años: las investigaciones sobre contratos públicos, el caso de las mascarillas, las señoritas colocadas en cargos públicos sin ir a trabajar, Plus Ultra, Leire Díez o los hidrocarburos son casos que están siendo investigados sin que el alcalde de Vigo muestre ahí ningún tipo de sorpresa.

Ahí sí parece no existir tensión política ni deterioro institucional. Ahí no hay ruedas de prensa grandilocuentes ni discursos sobre la calidad democrática. Y quizá esa sea precisamente la mayor contradicción de Caballero: mostrarse extremadamente duro con la oposición mientras evita cualquier crítica seria hacia un Gobierno salpicado constantemente por sospechas, investigaciones y escándalos.

A estas alturas, muchos ciudadanos no esperan de Abel Caballero que actúe como portavoz del PSOE nacional. Lo que esperan es que actúe, por encima de todo, como alcalde de Vigo.