“Dopamina en sobrecarga”: alerta por los efectos invisibles de la estimulación digital en jóvenes

Esvidas advierte del impacto neurológico y emocional del uso excesivo de móviles y redes sociales entre menores y reclama una respuesta urgente de hogares, escuelas y administraciones

El uso intensivo de pantallas, redes sociales y videojuegos está alterando la forma en que una generación entera crece, se relaciona y construye su identidad. Así lo advierte Esvidas, red de centros de adicciones, en el informe “Dopamina en sobrecarga: el efecto silencioso de la estimulación digital”, publicado este martes, 2 de julio, coincidiendo con una nueva campaña de sensibilización.

Según datos respaldados por la Organización Mundial de la Salud, un 11 % de los adolescentes ya presenta un uso problemático del móvil y otro 32 % está en riesgo de desarrollarlo, lo que significa que casi la mitad de los menores en edad escolar podría sufrir consecuencias neurológicas o emocionales a largo plazo.

Una amenaza silenciosa para el desarrollo cerebral

Durante la infancia y adolescencia, el cerebro atraviesa una etapa de máxima plasticidad. En ese momento, los estímulos digitales rápidos, constantes y adictivos moldean artificialmente la arquitectura cerebral, interfiriendo en funciones como la planificación, el autocontrol, la empatía y la regulación emocional.

“El problema no es solo cuántas horas pasan frente a la pantalla, sino el vínculo emocional que generan con ella. Hay adolescentes que no saben desconectar, que se alteran si no tienen el móvil cerca o que solo se sienten validados a través de sus redes”, alerta Guillermo Acevedo, terapeuta y socio fundador de Esvidas.

Redes sociales y autoestima: una mezcla explosiva

La exposición constante a imágenes idealizadas en redes sociales, unida a sistemas de recompensa diseñados para generar adicción —como los ‘likes’, las notificaciones y el ‘scroll’ infinito—, está provocando una crisis de autoestima, especialmente entre las chicas adolescentes.

Entre los efectos clínicamente observados destacan:

  • Autoexigencia excesiva y sensación de fracaso.
  • Dismorfia corporal y rechazo al propio estilo de vida.
  • Irritabilidad, desconexión emocional y síntomas depresivos.
  • Dificultades para aceptar la realidad no filtrada.

“Hoy en día hay que ser feliz, guapo, exitoso y original todo el tiempo. Es agotador. Y en un adolescente, que aún no se ha terminado de construir, es destructivo”, sostiene Rocío Rodríguez Ares, psicóloga de Esvidas.

La paradoja de la hiperconexión: más solos que nunca

Aunque parezca que están siempre conectados, los adolescentes que más tiempo pasan en redes sociales son también los que reportan más sentimientos de soledad, vacío y desconexión emocional, según datos del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI). Esto conlleva menos tiempo para relaciones reales, peor calidad del sueño, irritabilidad, falta de concentración y pérdida de interés por actividades analógicas.

“Pasé 18 horas al día con el móvil”: testimonio de un exadicto

Antonio Ortega, exadicto al móvil y actual trabajador de Esvidas, compartió su historia en televisión nacional. “Dejé de ir al trabajo. Usaba el móvil todo el día, sobre todo para redes sociales y juegos. Cuando intenté dejarlo, tuve síntomas de abstinencia como sudores fríos y ganas de llorar”, explicó. Hoy, tras recibir tratamiento, ayuda a otros jóvenes a identificar y superar esta forma de adicción silenciosa.

Un problema estructural que exige una respuesta colectiva

Desde Esvidas subrayan que no se trata solo de un problema familiar, sino de un modelo digital estructuralmente adictivo. Plataformas y algoritmos están diseñados para captar la atención y retener al usuario, sin contemplar su bienestar emocional. Por ello, reclaman medidas regulatorias más estrictas, como:

  • Límites de edad de acceso a plataformas.
  • Desactivación de notificaciones adictivas.
  • Transparencia en los algoritmos.
  • Educación digital desde edades tempranas.

Una generación en juego

El informe concluye con un mensaje claro: el uso excesivo de pantallas no es un problema del futuro, es un problema del presente. Está afectando al desarrollo social, emocional y mental de los adolescentes en casa, en el aula y en la consulta médica.

“Aún estamos a tiempo de actuar, pero necesitamos una respuesta coordinada entre familias, colegios y gobiernos. No podemos permitir que una generación crezca dependiendo de un dispositivo diseñado para retener su atención sin límites”, concluye Acevedo.