Diario de un padre de familia confinado: Día 46

Día 46 del año 1 después de Covid 

Un instante de lucidez

El día gris-tristeza se ha comido la jornada, arrasando todo a su paso con aire ceniciento. Las nubes, lóbregas, se suspenden en el aire desde hace horas, henchidas de melancolía; de la melancolía propia de la época de Covid. La ciudad camina agotada, casi se diría que apoltronada, hacia una nueva normalidad por explorar. Pero lo hace sin metas, sin objetivos, sin retos, cansada ya de estar cansada de vivir. Es miércoles. Es abril. Dicen que es primavera. Y sumamos 46 días confinados. Aunque bien podrían ser 57, 24 o 38.  

Tengo la sensación de haber perdido la cuenta. Desde que sonó el despertador, a eso de las siete y cuarto de la mañana, el tiempo ha rezumado bajo la tiranía del agotamiento. Durante una docena de horas, sólo existen trabajo y cansancio, conviviendo mano a mano en el devenir de mi rutina. Bueno, y las clases, claro.  

Pero resulta que a la hora del examen, ese es el único instante de verdadero triunfo de este día. Se produce a las cuatro y media de la tarde, con la lluvia indolente retumbando en el patio exterior con una melancolía y rapidez que evoca aquellas máquinas de escribir tan elegantes: tuc-tuc-tuc—tac—tuc-tuc-tuc-tuc… Entonces, Pedrito se aproxima, me mira entre implorante y agotado él también, y me destroza: “Papá, ¿me puedo conectar a la clase con la profe?”. Miro el reloj como un automatismo de defensa, porque sé que lo ha clavado, que es la hora del Meet de Primero de Infantil…  

Podía haberme evadido, darle una palmadita y distraerlo: una galleta, un mini vídeo para tontos, un chicle… No me pregunten por qué, pero no lo hago. Y es precisamente ese diminuto momento el que va a dar sentido a todo el día. Aún no sé cómo, pero lo cierto es que mando al agotamiento a la mierda –al más puro estilo Fernán Gómez- cierro el portátil, renuncio a responder al último whatsapp, y pulso el icono con la cámara verde. Y ahí estás: con tu hijo en la clase de Infantil. Hoy sí, créanme, un héroe por primera vez en seis semanas y media.  

En el exterior sigue lloviendo con furia, haciendo más esbelta si cabe la evocación de aquella antigua máquina de escribir. Las nubes resultan tan pesadas que han devorado el cielo entre mordiscos. Todo continúa gris y anodino, como el agotamiento. Todo menos aquel minúsculo instante de lucidez.