Un testarazo contra el miedo

Aidoo celebra su gol. Foto: RC Celta

Un remate en plancha de Aidoo en el último minuto concede una victoria justa al Celta frente al Elche dejando a los de Carvalhal con pie y medio en Primera

Un gol no deja de ser gol incluso en época del VAR, esa en la que el poder medroso del trencilla que todo lo observa en la pantalla transmite al hincha un perenne desasosiego, como una voz escrupulosa que susurra ‘no celebres’ porque todavía no sabes si es correcto.

Pero en ocasiones esto no importa, porque al miedo acumulado, al terror a lo indeseable, a la aspereza del momento, al tránsito hacia no se sabe donde, se suma la insoportable levedad de un Celta que no acaba de vencer a un Elche ya descendido; digan lo que digan los números, porque a veces nos agarramos a la estupided de la aritmética.

Lo cierto es que corre ya el 90 de partido cuando Galán lo vuelve a intentar con ese arrancar de potro desbocado, resbalándose ante el eterno exceso de su ímpetu. Un tropiezo que, cosas del destino, favorece a Cervi, que recoge el esférico y, oh sorpresa, también cosa del destino, pone un centro templado al punto de penalti, por donde aparece Aidoo para remtar en plancha. Un testarazo contra el miedo que firma el central porque ninguno de los tres delanteros puros que tiene esta plantilla parecen ser capaces de firmar nada similar. A veces los números ocultan el talento, otras, sencillamente, lo desnudan.

Lo cierto es que ese tanto conduce directo a Galeano, a su genial resumen de la esencia de este maravilloso deporte en el que, Negreira de por medio, nada parece nunca escrito: el gol es el orgasmo del fútbol. Máxime cuando este llega en el 90 después de otro mal día en la oficina, y ya van más de uno, de dos e incluso tres. Una trayectoria descendente la del equipo de Carvalhal que hace pensar al hincha en otra época, no tan lejana, en la que el capitán del barco, que parecía viento en popa, estaba desnortado. El periplo de García Junyent, el del equipo salvándose por la gatera en la última jornada, por deméritos de otros, jamás por la valentía de lo propio, cuando todo parecía encaminado mes y medio antes, época de renovaciones sin sentido para un proyecto que, como tantos, como siempre, murió en los devaneos del verano celeste.

Esta noche no, esta noche Balaídos puede celebrar y celebra lo poco destacable de un partido romo, insulso y perezoso. Ese gol de Aidoo en el último suspiro permite olvidar un partido en el que Veiga no está, en el que Iago no llega, en el que el delantero centro de turno -hoy le toca a Paciencia- camina pero no existe, en el que Tapia se mantiene como central y en el que Mallo vuelve a la alineación para recordarnos el significado de ‘ganar la espalda’.

Lo cierto es que la noche se vuelve nociva, algo previsible para un duelo que comienza en miércoles y concluye en jueves, al más puro estilo de la perfecta liturgia pagana de Tebas, empeñado en poner duelos a la luz de la luna que bosteza para que los disfruten en Sidney, no para que acudan, por ejemplo, las ordenadas familias celestes que pagan su abono y cuyos hijos madrugan porque hay que ir al colegio a seguir formándose, y a contarle a tus amigos que Aidoo te ha dado un pedacito de aire, de vida, de mundo, de salvación. Pero se lo podrán contar, los niños, unos a otros, porque sus padres lo vivieron y sufrieron en directo, no porque ellos, en ese horario intempestivo, pudiesen disfrutar de la jornada.

Si es que hay algo que disfrutar en todo esto, en una noche negra en que las dudas se multiplican y el Elche, ya descendido aunque falte la duda matemática, es capaz incluso de dominar, de generar, de llevar peligro al área de Iván Villar, un portero que no gusta de atrapar los balones que llegan por arriba y que ignora al ‘Mono’ Burgos: «Prefiero morir con una flecha en el pecho que con una flecha en el culo».

Por suerte, las ocasiones ilicitanas no se concretan y el reloj sigue su curso hasta el deleite, hasta ese segundo final en el que todo se olvida y en el que el hicha, incluso a las doce de la noche, es capaz de levatarse enfebrecido de su butaca para gritar ‘Gol’, lo único que importa, el instante que todo lo oculta. También otro mal partido.