Dos bostezos

Celta y Cádiz empatan a nada en el Nuevo Mirandilla en un duelo con apenas una ocasión por equipo

Vuelve el fútbol y lo hace en horario de liturgia pagana, esa franja del día por la que tanto apuesta Tebas, porque, ya se sabe, esta Liga es tan universal que al Celta en Cádiz lo ven hasta en la China.

Lo cierto es que ni la hora ni el escenario invitan a algo mucho mejor que dos bostezos. Porque el Carranza ya no es ni el Carranza, la historia y la nostalgia se la han llevado la ley de memoria histórica o democrática, adaptación andaluza de la norma, y ahora el choque se juega en el Nuevo Mirandilla. Ramón de Carranza fue alcalde antes de la Segunda República, y luego también en el franquismo; su nombre, no hace tanto, invitaba en los agostos tórridos de Cádiz a grandes torneos veraniegos. Eran otros tiempos.

Ahora el fútbol invita, o ahuyenta, en ese Nuevo Mirandilla, nombre primigenio o primitivo del Cádiz, cuando era todavía un equipo de patio de colegio. Algo así siguen siendo hoy los contendientes, tanto el Celta como el Cádiz. Dos equipos de patio de colegio que se estudian y tantean, que quieren amenazar pero no dan, que van pero no vienen, que no chutan, que no aprietan, tal vez aturdidos por ese horario pagano en el que los bostezos se entremezclan con los bocadillos que irrumpen en las gradas.

Toda la animación está precisamente ahí, en las butacas azules del Carranza -perdón, del Nuevo Mirandilla-, donde con su tradicional gracia andaluza la afición gaditana le recuerda a Rubiales que el VAR, ese gran invento del siglo XXI, tal vez debiera ser arreglado o revisado. Algunos votaríamos a pecho descubierto su eliminación. Aunque en tardes así todo da igual.

Los minutos caen lentos, espesos, tal vez aletargados bajo el peso del sol andaluz aun en invierno. Y nada sucede, nada pasa, ni tan siquiera un ‘uy’ que pueda aligerar un mal café. La única noticia en los primeros 45 minutos es más bien un ‘ay’, el de Hugo Mallo, que se lleva la mano al muslo y pone a Kevin a calentar. Esfuerzo estéril. El capitán se recupera y el partido sigue por su curso, el de la nada, el trayecto directo hacia la desesperación más absoluta, que finaliza, por fortuna, en el túnel, A donde se dirigen los protagonistas sin sumar nada que pueda ser considerado como una pobre ocasión.

Vuelven los equipos de vestuarios con una novedad, entra Solari por Cervi, quién sabe si lesionado. Y en el primer minuto Isiidri ofrece otra novedad, la de encarar regatear y chutar en algo parecido a una ocasión que acaba estampada en los cataplines titánicos de Aidoo. Replica el Celta con un pase filtrado de Brais que Iago, apurado, trata de controlar con la puntera. Le sale largo y permite a Ledesma achicar una ocasión que, muy probablemente, el VAR se hubiese llevado por delante.

Ya el partido vuelve a su cauce, el de la nada. Una sublimación de la intrascendencia coronada en el minuto 55, cuando Araujo avanza con un trote cochinero antes de reventar el esférico a la grada desde casi 35 metros. Y de repente, un saque de banda de Luis Hernández al corazón del área, mal defendido por Aidoo, permite rematar sólo, con toda la portería para él, al Choco Lozano, que milagrosamente se encuentra con la mano mágica de Dituro; una de esas paradas con hueco asegurado en el video de final de campeonato.

Siguen pasando los minutos, que caen lentos y aburridos. Los ojos se cierran ante el peso de la intrascendencia y el Chacho decide quitar a Iago por Renato en una invitación al armisticio, al cero a cero, a dos bostezos irreductibles. Aunque como el fútbol es así de maravilloso, todavía hay espacio para la sorpresa.

Mina se aprovecha de la indefinición de la defensa del Cádiz para provocar un penaltito, un hueco a la victoria, una rendija abierta en una puerta cerrada a cal y canto. El propio delantero coloca el esférico en el punto de penalti, y el propio delantero se encarga de fallarlo en una especie de inmenso homenaje a la parodia futbolística que reina en Cádiz, condenados al cero a cero antes incluso de empezar.

Al final se baja el telón en el Nuevo Mirandilla, que en el fondo añora y desea seguir llamándose Carranza para, por lo menos, tener un poco de historia a la que agarrarse. Nada ha pasado porque nada tenía que pasar: dos lúgubres bostezos, cero a cero, dos años sin ganar en casa los locales, y una ocasión perdida para los sueños europeos de un mal Celta.