«¿Qué nos queda, entonces, si estamos condenados al sufrir? ¿Todo se reduce a llorar y resignarse? Aunque a veces es fácil sucumbir a esa actitud negativa, debemos rebelarnos ante la desgracia»
Las doce campanadas desatan una euforia irracional. Un optimismo desbordado emborracha nuestra ilusión y, gracias a una cena exquisita, vino caro para la ocasión y chorros de cava, nos proponemos cambiar de una vez por todas. Esta vez seguro que sí. ¡Feliz año nuevo!, proclamamos con una energía que es resaca la primera mañana de enero: ocurrente y bella metáfora pero tristemente real de lo que es capaz el ser humano.
Cada vez le encuentro menos sentido a la gran noche de las uvas. Solo me apetece porque de un tiempo a esta parte realizamos una cena familiar tranquila y sin prisas. Solo nosotros. Con calma y comida especial, las relaciones humanas mejoran y la familia lo agradece. Ya es tradición que ya por la tarde cocinamos el plan: visita a la hermosa parte vieja de Girona. El Barri Vell -como lo conocemos nosotros- parece resguardarse de gente y solitario como nunca resulta enigmático.
Lo disfruto y lo valoro porque experimento lo esencial de la vida, que antes no era capaz de intuir con todo el alboroto y la algarabía de la juerga mundana. Pero tampoco me engaño con falsas ilusiones. El año empezó como siempre, frío, bufandas, guantes. Queremos un mundo mejor, pero las desgracias siguen rebeldes su curso. Aunque queramos engañarla, la realidad persiste en su crudeza, y se afana para luchar incluso contra el bien. Mientras la Covid sigue a lo suyo, los políticos, abrumados aún dos años más tarde, siguen sacándose el polvo de las responsabilidades. Podría seguir y seguir mostrando noticias lastimosas para aburrirnos hasta la saciedad.
Por lo que a mí respeta, he recibido un par de noticias personales de esas que se clavan como una daga y escuecen profundamente. Por si no fuera poco, he sido testimonio lejano de dos muertes demasiado trágicas y prematuras. A mí me han consternado. No quiero ni pensar cómo han sufrido, sufren y sufrirán los afectados más directos.
¿Qué nos queda, entonces, si estamos condenados al sufrir? ¿Todo se reduce a llorar y resignarse? Aunque a veces es fácil sucumbir a esa actitud negativa, debemos rebelarnos ante la desgracia. La realidad será como será. Pero podemos cambiar lo que está en nuestro mano. Nos queda vivir con pasión, encontrar la magia y la belleza escondida que nos guarda el mundo, y disfrutar con todo el alma de los regalos inesperados del día. ¿Empezamos?

