El Celta suma otro empate a cero en Valladolid en un choque que pudo decantar a su favor con un penalti fallado por Aspas en el 70′
Desde el 22 de febrero, cuando el propio Iago marcó contra el Leganés en Balaídos, los de Óscar García no encuentran el camino de la portería contraria
El hincha asiste enfebrecido al partido de su equipo. Incluso en la época de Covid. En estos raros tiempos en los que las gradas se pintan de confeti, y los cánticos se importan desde el FIFA. Mientras que el tiempo cabalga desbocado hacia el 90, el hincha se muerde las uñas, bebe una cerveza, maldice a cada instante, pluraliza toda acción, sufre, padece y se soporta con una única esperanza: gritar gol. Y en esas anda el Celta y su aficción 116 días después.
La última vez que Vigo gritó gol fue un 22 de febrero. Corría el minuto 62 de aquel agónico partido contra el Leganés cuando Iago cazó un balón cruzado que cruzó todavías más. Desde entonces, pasó media hora aquella tarde. Se fueron las visitas a Granada y a Getafe. Vivimos una pandemia. Volvimos a la nueva o falsa normalidad. Retomamos la Liga contra el Villarreal, y viajamos hasta Valladolid. Casi cuatro meses. En menos tiempo Napoleón escapó de Elba, restauró su imperio y volvió a caer en el olvido.
Y sin embargo, así de paradójico es el fútbol, el Celta duerme hoy dos puntos por encima del descenso gracias a las derrotas de Mallorca y Leganés ayer, y al empate del Espanyol. Triste consuelo para un equipo que, pese a todo, pudo llevarse los tres puntos.
Después de un primer tiempo intrascendente, en el que el Valladoiid tuvo una clara en botas de Toni Villa tras un error de Aidoo, los de Óscar García -otra vez sustentados por su defensa de tres centrales- sumaron dos ¡uys! en la reanudación. Los dos de Aspas. Un chut al palo derecho desde la frontal, que repelió Masip abajo. Y otra, la más clara, un penalti en el 70′ por mano tras remate de cabeza de Araujo, que salvó también Masip con una mano fuerte y prodigiosa; al palo izquierdo en esta ocasión, para que nadie haga distinciones.
Del resto, poco más. Porque en esta ocasión, por no haber, no hubo ni carrusel de cambios. La única sustitución fue la de Smolov, que volvía a la titularidad, por Denis, que sigue perdido en algún lugar entre la nada y el retorno. Aún por descifrar. Erró cuatro o cinco pases fáciles antes de lograr un semi eslalon que acabó con un chut mordido… y fuera, por supuesto.
Al rato, Gil Manzano levantó los brazos al cielo y la hinchada, siempre fiel, volvió a gritar de frustración tras no haber podido gritar gol. Tal vez el domingo. Tal vez contra el Alavés. El hincha no lo duda. Lo sabe.

